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Coleccionismo de Juguetes
José Pascual Sellés
Director del Museu Valencià del Joguet de Ibi
Coleccionar es reunir, acumular objetos, artísticos o
no, relacionados por un denominador común. Cualquier objeto por pequeño
o aparentemente insignificante al que el ser humano ha dado una función
puede ser coleccionable, desde cuadros de gran valor artístico y económico
hasta vitolas de cigarros, décimos de lotería o cajas de bombones.
Las tipologías de "coleccionables" son tantas casi como los
objetos que ha producido el hombre a lo largo de su historia.
Se colecciona por un sentido de la belleza, por afán de posesión,
por razones de acumular capital y por otros numerosos motivos, entre los cuales
figuran también, y no en último lugar, la vanidad, la ambición,
el prurito de destacar, y también el deseo de pavonearse a los ojos de
los demás mediante el valor de los objetos coleccionados y elevar de
este modo el propio prestigio personal.
Coleccionar es algo probablemente tan antiguo como la propia humanidad. En la
Prehistoria los objetos son fundamentalmente útiles que se guardan, pero
no se coleccionan, en un lugar recóndito, porque sirven para necesidades
vitales o para la magia. En las culturas teocráticas la recogida de objetos
se realiza en templos, tumbas, y palacios de la clase dominante. Son objetos
suntuarios, exponentes del culto en lugares inaccesibles para quienes no pertenezcan
al nivel propio del servicio. Lo útil, rico y suntuario es exponente
del culto civil y/o religioso o de los botines de guerra. Se admira la técnica,
el tamaño, la dificultad, la materia, las formas, pero no se entienden
los contenidos iconográficos, los mitos, ni dogmas, porque son cualidades
añadidas a la función cultural. El periodo helenístico
reafirma estos valores añadidos "artísticos", instaurando
el gusto por lo artificial, artefacto, y añade un nuevo valor: la historicidad.
La admiración por las obras y monumentos de un pueblo o cultura pasada
que se considera digna de admirar, imitar y copiar. Surge la copia, la propuesta
como modelo, la reproducción, la revisión y, sobre todo, la búsqueda
y colección de los objetos. El objeto adquiere valor en si mismo, técnico,
material, formal, por el autor, por la rareza, por lo antiguo y por lo histórico.
El mundo romano confirma aún más estos valores y aumenta el sentido
del coleccionismo. El cristianismo y la Edad Media heredan el carácter
didáctico-religioso de la imagen. Los objetos se usan en la liturgia
y se admiran por su riqueza y función. Lo bello equivale a rico. Durante
el gótico, la vida en la ciudad y la cultura urbana, el creciente comercio
y la incipiente burguesía, son las bases de un nuevo coleccionismo cortesano,
religioso, clerical y burgués. Nace el gusto por lo profano, por la vida
mundana, y el confort. El arte vuelve a ser ornamento de la vida y los objetos
se aprecian por sus características más que sólo por su
función. El humanismo renueva el concepto antiguo del coleccionismo.
Los objetos de arte, especialmente los de la sagrada antigüedad, tienen
valor didáctico como las letras. Reunir objetos de la antigüedad
es expresión de poder, cultura y riqueza. El coleccionismo aumenta durante
los siglos XVII y XVIII debido a la burguesía pujante, el monopolio de
las monarquías absolutas y la centralización del poder, la Iglesia
católica o protestante que controlan el arte. En el XIX y XX los descubrimientos
arqueológicos de Herculano y Pompeya descubren la antigüedad. Entra
en el panorama el marchante o comprador americano con dinero y que añora
la cultura que abandonó en el continente europeo. Quiere reafirmar su
prestigio en el ámbito occidental con colecciones y museos. Nace el marchante,
la subasta, las salas clandestinas, la manipulación, las restauraciones
falsas, es el arte como objeto de valor. Arte es lo que vale dinero y conviene
conservar y coleccionar.
El coleccionista de modo general es un personaje singular. Dispuesto a correr
riesgos es capaz de decidir sobre una adquisición con inmediatez en ocasiones
guiado por criterios técnicos pero otras muchas veces a golpe de corazonada.
Su figura no siempre ha concertado voluntades. Dotado de una voracidad insaciable
para algunos, determinante en el mundo de la cultura como creadores de un patrimonio
del que se hace responsable como guardián y custodio para otros, el coleccionista
siempre ha generado a partes iguales reconocimientos y críticas. Lo que
si es cierto es que en muchos casos ese patrimonio ha acabado mediante regalos
y donaciones en museos públicos y en muchos otros ellos han creado sus
propias fundaciones permitiéndonos gozar de sus colecciones adquiridas
a lo largo de muchos años y esfuerzo. Además está fuera
de toda duda que el coleccionista con su mecenazgo y patrocinio ha sido primordial
en el afloramiento de culturas y en el conocimiento de corrientes artísticas
que aún denostadas por sus contemporáneos el tiempo ha permitido
valorar en toda su extensión y alcance.
El coleccionista de juguetes se mueve por los mismos parámetros que otros
colegas: lo bello, raro y exclusivo se impone como leit-motiv de búsqueda.
Sin embargo, existe una pequeña diferencia en la recolección de
este tipo de objetos: el juguete ha sido fabricado en grandes series al tratarse
de un producto industrial y por ello son muchas las piezas, en cantidad y variedad,
susceptibles de formar parte de los fondos del coleccionista. De este modo,
el valor de lo "único" carece de sentido revalorizándose
otros criterios adscritos a lo "antiguo"; "sofisticado"
o "mejor conservado".
A algunos coleccionistas les guía un afán universalista en sus
adquisiciones, se colecciona el juguete, sin discriminar, pero lo usual es que
se especialicen en cierta tipología de juguetes con el interés
de no dispersar esfuerzos económicos en la dirección equivocada.
Pueden existir tantos tipos de coleccionistas como variedad de juguetes han
aparecido en el mercado: trenes en miniatura, vehículos, muñecas,
triciclos, juguetes musicales, etc. En algunas ocasiones la especialización
es más refinada y no es extraño encontrar coleccionistas de vehículos
de bomberos; ambulancias; osos de peluche; barquilleros, o helicópteros
exclusivamente. El material de fabricación también puede imponer
la condición de recolección: juguetes de madera; hojalata, zamac,
plástico; muñecas de porcelana, cartón, trapo; miniaturas
de pasta de composición, plomo, celuloide...
El modo de ingreso de los juguetes por parte de los coleccionistas no difiere
en gran medida del de otros objetos. Así, a la compra en subastas públicas
o en galerías al efecto, se une la posibilidad de adquisición
en mercados especializados y ferias de intercambio. En los últimos años
se ha generalizado una variedad de la subasta: la puja por Internet. La red
ha globalizado el interés recolector facilitando para conocimiento general
las diferentes investigaciones, publicaciones, precios de mercado y otras informaciones
que ayudan al no iniciado a concentrar esfuerzos en sus búsquedas y al
expertp a seleccionar las piezas relevantes Existe, por último, otro
método de localizar juguetes: comprarlos directamente en las tiendas.
En España hasta hace bien poco los primeros coleccionistas de juguetes
no dudaban en rastrear los pueblos y pequeñas ciudades para encontrar
la pieza inmaculada que, a ser posible, conservara su envase comercial original.
Ello se explica porque en estos lugares la demanda de juguetes había
sido tradicionalmente menor con lo que muchos modelos permanecían durante
años en los almacenes de tiendas y bazares quedando descatalogados para
la venta directa.
Ya comentamos que en el origen de muchos museos, públicos o privados,
pervive el esfuerzo denodado de algún coleccionista que ha dedicado mucho
empeño atesorando una colección de juguetes y que en cierto modo
descubre la necesidad de un reconocimiento sabido a su interés individual.
Son multitud los coleccionistas que permanecen en al anonimato, pero otros afloran
al conocimiento general con nombres y apellidos por haber sido el alma mater
de la exhibición pública de sus colecciones. Tal es el caso del
Museu de la Joguina de Catalunya con su director Josep María Joan i Rosa
a la cabeza, sin duda, uno de los más emblemáticos. También
tenemos ejemplos más recientes como la inauguración en Mohedas
de la Jara, Toledo, del Museo Castellano-Manchego del Juguete que responde a
los desvelos de la Fundación Raquel Chaves y, más concretamente,
de su presidente, Antonio Chaves Cuiñas, con más de veinte años
en el mundo del coleccionismo de juguetes. El Museo de Juguetes de Albarracín
debe su existencia al esfuerzo infatigable de Eustaquio Castellano Zapater por
dotar de una sede definitiva a su interesante y variada colección de
juguetes. Más lejano en el tiempo encontramos la existencia del Museu
de la Jugueta de Sa Pobla, Mallorca, cuyos juguetes expuestos fueron donados
a la municipalidad por el coleccionista Ton Boig Clar. Mencionar, asimismo,
la valiosísima colección de juguetes españoles de hojalata
del conocido anticuario y experto coleccionista Emilio Alemán de la Escosura
que fue vendida al Museo de Antropología de Madrid en los años
90. Distinta es la realidad del Museu Valencià del Joguet de Ibi. La
colección con la que se cuenta fue acumulada con un interés distinto
al del coleccionista genérico. Fue el espionaje industrial el que sirvió
de excusa en la acumulación. A principios de la década de 1910
los hermanos Payá de Ibi eran dueños de una de las empresas españolas
de fabricación de juguetes de hojalata más pujantes del país.
Viajaban frecuentemente al extranjero para conocer las técnicas de fabricación
y los modelos que reproducían sus competidores foráneos. En numerosas
ocasiones adquirían en las tiendas de juguetes dos piezas del mismo modelo.
A su regreso al pueblo una de ellas era desmontada para investigar los elementos
de construcción y la otra iba a parar al almacén como testigo
físico de la despedazada. Al año siguiente un juguete era producido
inspirándose en los modelos que habían sido estudiados. Al cabo
de 90 años de vida industrial la empresa coleccionó más
de 4.000 juguetes que fueron donados al pueblo de Ibi por la cooperativa Payá
S.C.V.L., sucesores de aquella firma, como aportación inicial para la
creación del museo en la localidad.
Fruto del interés institucional es la creación de otro museo:
el Museo de Juguetes de la ciudad alicantina de Denia. Desde el propio Ayuntamiento,
y dada la trayectoria de la localidad en la fabricación de juguetes de
madera testimoniada desde principios del siglo XX, cristalizó la idea
de contar con un museo que recogiese su tradición histórica. Su
director, Josep Antoni Gisbert i Santonja, realizó el acopio de materiales
para disponer de una colección permanente de más de 500 referencias.
En definitiva, no existirían exposiciones públicas de juguetes
si con anterioridad no existiese un laborioso trabajo de rastreo, selección,
adquisición e, incluso, restauración de las piezas deseadas. Y,
sin duda, en la mayoría de los casos la "culpa" de estas actuaciones
la tienen los coleccionistas.
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